Al día con la economía

La depreciación del dólar

30 Jul 2012 0 comentarios
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La depreciación que ha experimentado el dólar en el último tiempo, oscurecida un tanto por una alta volatilidad en los mercados cambiarios, trae consigo un conjunto de implicaciones sobre el futuro de la economía mundial. Para quienes están más interesados en sus efectos de corto plazo tal vez esto no sea tan evidente porque su atención estará más concentrada en los movimientos diarios de capital como efecto de las fluctuaciones en los mercados cambiarios; algo nada trivial, por supuesto, si consideramos que, en estos mercados, se transan trillones de dólares cada día. Pero la caída del valor del dólar puede estar marcando el inicio de cambios estructurales muy importantes. De hecho, se supone que debería ayudar al “rebalanceo” de la economía mundial, entendiendo por éste al proceso por el cual los países excedentarios de ahorros (asiáticos en su mayor parte) comienzan a consumir más y por lo tanto a demandar bienes de los países deficitarios (Estados Unidos y Europa, principalmente) para que estos últimos puedan exportar más y generar más ingresos, y así disminuir sus necesidades de endeudamiento. Esto es lo que parcialmente viene aconteciendo y le sirve a los Estados Unidos. Pero para que la historia sea completa, algo similar debería estar sucedido con el euro, sin embargo, los datos no parecen confirmar que esto sea así (ver Gráfico): el euro, perdió valor frente al dólar y recién ahora se ha fortalecido hasta quedar prácticamente en el mismo valor relativo de hace dos años atrás.

Tampoco parece que éste proceso pueda ser fácil de coordinar. Las tensiones comerciales entre China y Brasil pueden ser un ejemplo de las decenas de casos en los que los diferentes ritmos de apreciación cambiaria frente al dólar dejan a unos países en mejores condiciones de competir que otros. Una “guerra cambiaria” como la indicada en algún momento por el ministro de Hacienda brasilero, conduciría a que la lógica macroeconómica del “rebalanceo” de la economía mundial se descarrile. Infortunadamente hasta ahora no se ha logrado encontrar una manera objetiva de ordenar los ajustes de la economía mundial, especialmente de las políticas que en definitiva determinan el comportamiento de los mercados cambiarios. Estos no son los tiempos del patrón oro, pero tampoco es deseable volver a ellos. El mundo necesita un eje ordenador que aún es elusivo para políticos y académicos.

Mientras va discurriendo la depreciación del dólar se va dando inicio también al proceso de desplazar a la moneda norteamericana de su condición predominante en el mundo. Este será un proceso largo, pero inevitable. Largo porque todavía el 85% de las operaciones cambiarias del mundo se hacen en dólares; porque más del 60% de las reservas internacionales del mundo están denominadas en dólares; porque la mayor parte del comercio mundial se pacta en dólares; y, porque los precios de los productos que están en la base de la producción y la alimentación se cotizan en dólares. No obstante todo ello, el reinado del dólar como moneda global está en retirada. Las razones son múltiples comenzando por la formación de la zona del euro que aglutina a un bloque de naciones que, más allá de las debilidades de algunos de sus miembros menores, solo tiene que ganar si adopta una moneda común; esto es así porque su comercio intra-regional es el más importante para todos sus miembros. Adicionalmente, la China ha resuelto desprenderse del dólar y se ha fijado la meta de hacer del yuan una moneda de curso internacional antes de 2020. Si bien en este último caso es difícil que el yuan llegue a agrupar un bloque de naciones que lo adopte como moneda de referencia, como acontece con el euro o el dólar, la China, con solo materializar su comercio de bienes y servicios con el resto del mundo en su propia moneda, habrá despejado una tercera parte de las transacciones totales de dólares.

La depreciación del dólar es por lo tanto el signo de un tiempo en el que se vienen produciendo cambios muy profundos en la estructura del comercio internacional y del que seguramente deberá salir un nuevo sistema monetario que reemplace al que hemos conocido hasta ahora después de los acuerdos de Bretton Woods, en 1944.

¿Podrá China movilizar a la economía mundial?

30 Jul 2012 0 comentarios
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Existen motivos más que suficientes para estar preocupados por la salud de la economía mundial: Europa parece estar cada vez más cerca de una segunda zambullida en la recesión; la recuperación de la economía de los Estados Unidos es anémica; y, Japón apenas comienza a salir de una prolongada depresión. Todas estas economías representan el 42% del Producto Interno Bruto Mundial.

Las miradas se han volcado particularmente sobre China en la esperanza de que sea este país-continente el que pueda dinamizar al mundo. Pero esta posibilidad no es tan simple como parece. En primer lugar, comenzando por lo más elemental, porque el porte de la economía China es ligeramente superior al 11% del PIB mundial y a partir de él es muy difícil compensar la pérdida de dinamismo de una porción del mundo mucho más grande.

Hasta antes de la crisis de 2008 se pensaba en China e inmediatamente se asociaba su nombre al de Brasil, India y Rusia para configurar un cuarteto de rápida influencia en la economía mundial. Pero esto ya no es más posible. Rusia cayó en una crisis de grandes proporciones que tendrá secuelas de larga duración; para efectos de la recuperación económica mundial no cuenta por el momento. Brasil e India, cuyas economías en conjunto no llegan al 8% del PIB mundial, están mostrando signos de recalentamiento, con riesgos de inflación y pérdida de competitividad.

¿Pero está China incólume? Hay factores que pesan sobre su capacidad de seguir creciendo independientemente de lo que suceda en el resto del mundo. Uno de los motores del crecimiento chino son sus exportaciones y el principal destino de sus exportaciones es Europa, seguida de Estados Unidos y Japón (ver tabla). Entonces, para mantener su ritmo de crecimiento debe reemplazar esos clientes, con otros de similar ingreso y que no tengan la demanda tan deprimida: una tarea casi irrealizable. De otra parte, en China, las presiones inflacionarias han comenzado a sentirse y el gobierno está tomando medidas para controlarlas, entre ellas, ha impuesto límites al crecimiento del crédito bancario, porque entre otras cosas, teme que se esté gestando una burbuja inmobiliaria que podría hacer tambalear a su sistema financiero. Desde el exterior China está recibiendo presiones para revaluar su moneda. Si lo hace, ayudará a contener las presiones inflacionarias dentro de su territorio, pero perjudicará a sus exportaciones. El beneficio para la economía mundial de esta decisión es dudoso porque China es también un demandante de insumos extranjeros que se verán encarecidos si el Rinmimbi se fortalece. Así las cosas, la contribución adicional al crecimiento global que debería hacer China para compensar la pérdida de impulso de las economías más desarrolladas es, en el mejor de los casos, muy reducida.

En China serán necesarios cambios estructurales profundos para que pueda equiparar su contribución a la economía mundial con el tamaño de su población y geografía. Uno de ellos, el que puede tener más influencia sobre el resto del mundo, tiene que ver con las proporciones de su ahorro interno. Si la economía china ahorrara menos y consumiera más, podría seguir creciendo a tasas elevadas con el aporte de la inversión externa que estará entonces más atraída por un mercado interno en expansión. Entonces, el impacto que tendría su evolución sería mucho más perceptible y duradero.

¡Recesión o Inflación!

30 Jul 2012 0 comentarios
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Hay un amplio consenso entre economistas sobre las características de la crisis económica que vive el mundo. Esta no será igual a la Gran Depresión que se vivió en los años treinta del siglo pasado. Aquella crisis ha sido analizada en todos sus aspectos y muchos de los que la han estudiado a fondo son ahora los encargados de decidir las políticas económicas en los Estados Unidos y en algunas otras naciones desarrolladas. De alguna manera, esto garantiza que no se repetirán los errores cometidos hace casi ochenta años, aunque no nos libera de que se puedan cometer otros errores.

Hay confianza en que las decisiones que se vienen poniendo en marcha hasta ahora son las adecuadas: en líneas generales, existe por lo menos la intención de desplegar acciones concertadas a escala mundial; nadie disputa que las economías en crisis necesitan un estímulo fiscal; y, predomina el convencimiento de que las herramientas de política monetaria están a punto de llegar al límite de su funcionalidad. Entonces, todo parece indicar que se evitará la depresión y, eventualmente, la deflación. Más aún, las bolsas en el mundo han dado signos de recuperación, aunque esto último no es suficiente para presagiar el inicio de la recuperación económica. Si nos detenemos a examinar las trayectorias de los índices de Bolsa más representativos durante las cuatro últimas crisis, incluida la actual (Doug Short ha producido el gráfico que se muestra al costado de esta nota y que facilita esta comparación), podemos ver que a lo largo de las crisis, las bolsas han tenido momentos en los que parecía que recuperaban el crecimiento, pero luego volvían a caer.

Pero hay un asunto más fundamental que hasta ahora se ha soslayado elegantemente en las discusiones públicas sobre las políticas para salir de la crisis. Las cosas se presentan como si las masivas inyecciones de dinero por la vía del crédito y el gasto público harían que la producción aumente y que los precios se mantengan estables (es decir que no exista deflación). Sin entrar en grandes disquisiciones sobre la mecánica con la que operarían las medidas hasta ahora propuestas sobre la oferta y la demanda globales, debería resultar intuitivamente evidente que propiciar un estímulo a la demanda de tal naturaleza que provoque un incremento proporcional en la oferta que evite que la producción caiga y que los precios aumenten, sería posible solo por azar. Tendrían que darse muchas coincidencias intertemporales y otras distributivas entre sectores y agentes económicos -para no mencionar unas expectativas no adaptativas en los individuos y las empresas-, para que se pudiera alcanzar tan loable objetivo. Lo más probable es que tendrá que esperarse, e incluso producirse deliberadamente, algún desbalance entre los estímulos propuestos y las respuestas buscadas. Concretamente, y tal como lo vienen pregonando desde círculos académicos en Europa y los EE UU, habrá que buscar un poco de inflación para estar seguros de no caer en recesión. Esta noción, que podría ser una herejía para la ortodoxia clásica, nos deja frente a una disyuntiva en la que decidir no será tarea fácil. En cualquier caso, habría que ir descartando la posibilidad de que exista una recuperación económica con estabilidad de precios y, quién sabe, habría que ir sopesando si nos acomoda mejor la recesión o la inflación.

La crisis del 2008

30 Jul 2012 0 comentarios
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Todas las crisis que han marcado época han sido bautizadas con algún nombre que las distingue de las demás. Algunas han recibido el apelativo de quién las produjo, por ejemplo, la desatada por Long Term Capital. A la crisis del 30 no le hizo falta más que el año en que se produjo. Sus efectos han sido tan grandes y difundidos que le bastó con un lacónico número. Aún no se ha bautizado la crisis que viven hoy los mercados financieros en el mundo. Cuando comenzaba a despuntar, todos la relacionaban con el colapso de los créditos de vivienda en los Estados Unidos, ahora, tal vez, habría que revisar esa denominación. La crisis del 2008 es más que el colapso de los créditos de vivienda en los EE UU: es el fin de una manera de hacer intermediación financiera.

Como todas las demás crisis, en sus fundamentos podemos identificar un exceso de endeudamiento, una concentración de riesgos, un laxo sistema de supervisión y cierta dosis de mala fe entre sus actores. Podrán agregarse otros ingredientes a este caso; por ejemplo, el alza en los precios de las materias primas o la pobre coordinación de políticas macroeconómicas e incluso una excesiva confianza en que el mundo se había desacoplado de la mayor economía del planeta. La lista puede ser más larga, aunque habría que acotarla, pues no caben los entusiasmos de la vieja izquierda que quiere ver en ella el fin del capitalismo. Está lejos de ser esto último aunque los métodos que serán necesarios para resolverla no cuadren con la ortodoxia de mercado. Esto será una gran lección para los organismos financieros internacionales que desde sus cubículos pretendieron imponer fórmulas asépticas a los desarreglos en naciones más pequeñas y en alguna que otra grande, entre las que sobresale el Japón, que se tomó siete años antes de encontrar una fórmula para resolver los problemas de su sistema financiero.

En los últimos 37 años se han producido en el mundo 447 episodios de crisis financieras sistémicas sin que hasta ahora se hubiera podido encontrar la forma de evitarlas y menos aun una receta para resolverlas.

La crisis del 2008 tiene divididos a los más connotados economistas de los EE UU, el país que por cierto concentra el mayor número de premios Nobel en la materia. Pero la división es todavía más significativa, pues las fuerzas están fraccionadas entre académicos y operadores. Las diferencias de opinión no se dan tanto sobre la necesidad de intervenir en el mercado, sino en la forma en que esto debe hacerse y en la manera en la que sus costos deben ser cubiertos.

El Gobierno de los EE UU y los líderes del congreso norteamericano han acordado un programa de 700 millardos para el rescate de su sistema financiero. Esta cifra representa el 6% del PIB de ése país. Podría pensarse que si con este monto se arreglan los problemas de la economía norteamericana la factura sería barata, considerando que, en promedio, el costo de resolver otras crisis sistémicas ha sido del 16% del PIB. Pero ni el monto ni las condiciones acordadas en el plan de rescate han sido suficientes para convencer al mercado y a todos los congresistas estadounidenses. Aun antes de que el Plan fuera rechazado por el Congreso, los mercados abrieron con fuertes pérdidas y una vez que se conoció el rechazo congresal, la Bolsa de Nueva York experimentó la pérdida diaria más grande de toda su historia. Por ahora solo cabe esperar nuevas iniciativas y nuevas negociaciones, tal vez a escala mundial, pues la crisis se está extendiendo sin que se pueda evitarlo. Pero con el transcurso del tiempo, el costo de un plan de recate irá en aumento para los EE UU, especialmente si se tiene en cuenta que todas sus deudas totalizan más del 350% de su PIB (ver Gráfico).

En paralelo deberán comenzar a perfilarse nuevos modelos de negocios para las entidades financieras. Su función intrínseca de intermediar el ahorro con la inversión y el consumo; acomodando riesgos, plazos y monedas, seguirá incólume. Habrá que pensar también en nuevos mecanismos de supervisión por parte de los estados y nuevas formas de servicios de apoyo a las transacciones financieras, pues el que estuvo sostenido por las calificadoras de risgo tendrá que haber terminado con esta crisis.

Doha: “El fracaso de uno es el fracaso de todos”

30 Jul 2012 0 comentarios

Esta lacónica frase, pronunciada por uno de los ministros participantes de las reuniones de la Organización Mundial de Comercio (OMC) celebradas en Ginebra entre el 21 y el 29 de julio, describe muy bien el sentido que tiene el fracaso para concluir satisfactoriamente la Ronda de Doha sobre liberalización del comercio mundial. Las recriminaciones y mutuas acusaciones sobre quién tiene más responsabilidad por este resultado están demás. Lo evidente es que no hubo acuerdo entre las 153 naciones miembros de la OMC y que el rompimiento puede afectar tanto a naciones desarrolladas como a las que están en vías de desarrollo.

La noticia sobre el rompimiento de las negociaciones sobre comercio no ha producido ningún impacto inmediato en los mercados financieros mundiales. La razón puede ser muy sencilla: el comercio mundial ha experimentado las tasas de crecimiento más espectaculares de los últimos tiempos sin necesidad de ningún nuevo acuerdo en el marco de la OMC. Las negociaciones de la Ronda de Doha se iniciaron en el 2001 con la esperanza de concluir en el 2005. Desde este último año, en tres oportunidades, una por año, no se ha podido arribar a un acuerdo. No obstante, tanto antes de iniciarse esta ronda de negociaciones como después, el comercio mundial ha crecido a una tasa anual del 6%, mientras que la producción total lo hacía al 2% (ver gráfico). Consecuentemente, nadie prevé que el intercambio de bienes y servicios entre naciones se vaya a frenar porque no hubo un acuerdo en el seno de la OMC. La mayor preocupación para el comercio mundial está en el posible impacto de una recesión global o en el fortalecimiento de las tendencias inflacionarias en el mundo.

Pero este impasse en la Ronda de Doha revela mucho más de lo que aparenta su circunstancia. El punto de quiebre ha sido la falta de acuerdo sobre las condiciones en las que podría gatillarse un mecanismo especial y temporal de salvaguarda para las naciones menos desarrolladas, frente a una caída de precios o un incremento desmesurado de sus importaciones de productos agrícolas. Es decir se trataba de una protección adicional para que los agricultores en países en vías de desarrollo no se vean afectados en caso que las importaciones de los mismos productos que ellos cultivan bajen de precio y/o ingresen en cantidades anormales. La cuestión no era si un mecanismos de ese tipo debía existir o no. Incluso había casi un acuerdo sobre los porcentajes que debían considerase como crecimiento anormal de las importaciones. La médula del problema estaba en definir si la aplicación de este mecanismo de salvaguarda podía justificar un incremento de los aranceles por encima del máximo comprometido por cada país al momento de ingresar a la OMC. Un asunto que puede resultar nada trivial, especialmente para las naciones que como China han ingresado recientemente a la OMC y han comprometido aranceles máximos para las importaciones agrícolas que no les dejan mucho margen para elevarlos en caso de que se produzcan las circunstancias para que este mecanismo de protección adicional a la producción agrícola entre en vigencia. A nivel global, las cifras de comercio afectadas por este mecanismo están en órdenes de magnitud ínfimos. Pero, pensando en productos específicos, las cantidades comprometidas pueden representar perjuicios para una gran número de agricultores pobres o sumas de dinero muy altas para los exportadores de naciones más avanzadas. Esto es así especialmente para potenciales compras de China, Brasil o India.

Quienes conocen los avatares de las rondas multilaterales de negociaciones comerciales creen que la última palabra aún no está dicha y que es posible pensar en la continuación de la Ronda de Doha, así sea para que esta termine en el 2009 o después. De hecho, el Director de la OMC ha pedido que no se pierdan todos los avances conseguidos hasta ahora, que no han sido pocos ni poco significativos. Pero el problema está en el tipo de reacciones que este rompimiento puede producir. El mundo está inmerso en una oleada de acuerdos regionales y bilaterales que pueden complicar muchísimo un posterior acuerdo multilateral. Si esto sucede así habría que desear que no sea el inicio del fin del multilateralismo en materia comercial. Hasta ahora, con todas sus deficiencias y demoras, las rondas multilaterales han establecido un marco de relacionamiento que nos ha acercado a condiciones propicias para el desarrollo de los pueblos. Un nuevo regionalismo o el simple bilateralismo será el peor escenario para el comercio de las naciones más pequeñas y más pobres.