Al día con la economía

¡Recesión o Inflación!

30 Jul 2012 0 comentarios
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Hay un amplio consenso entre economistas sobre las características de la crisis económica que vive el mundo. Esta no será igual a la Gran Depresión que se vivió en los años treinta del siglo pasado. Aquella crisis ha sido analizada en todos sus aspectos y muchos de los que la han estudiado a fondo son ahora los encargados de decidir las políticas económicas en los Estados Unidos y en algunas otras naciones desarrolladas. De alguna manera, esto garantiza que no se repetirán los errores cometidos hace casi ochenta años, aunque no nos libera de que se puedan cometer otros errores.

Hay confianza en que las decisiones que se vienen poniendo en marcha hasta ahora son las adecuadas: en líneas generales, existe por lo menos la intención de desplegar acciones concertadas a escala mundial; nadie disputa que las economías en crisis necesitan un estímulo fiscal; y, predomina el convencimiento de que las herramientas de política monetaria están a punto de llegar al límite de su funcionalidad. Entonces, todo parece indicar que se evitará la depresión y, eventualmente, la deflación. Más aún, las bolsas en el mundo han dado signos de recuperación, aunque esto último no es suficiente para presagiar el inicio de la recuperación económica. Si nos detenemos a examinar las trayectorias de los índices de Bolsa más representativos durante las cuatro últimas crisis, incluida la actual (Doug Short ha producido el gráfico que se muestra al costado de esta nota y que facilita esta comparación), podemos ver que a lo largo de las crisis, las bolsas han tenido momentos en los que parecía que recuperaban el crecimiento, pero luego volvían a caer.

Pero hay un asunto más fundamental que hasta ahora se ha soslayado elegantemente en las discusiones públicas sobre las políticas para salir de la crisis. Las cosas se presentan como si las masivas inyecciones de dinero por la vía del crédito y el gasto público harían que la producción aumente y que los precios se mantengan estables (es decir que no exista deflación). Sin entrar en grandes disquisiciones sobre la mecánica con la que operarían las medidas hasta ahora propuestas sobre la oferta y la demanda globales, debería resultar intuitivamente evidente que propiciar un estímulo a la demanda de tal naturaleza que provoque un incremento proporcional en la oferta que evite que la producción caiga y que los precios aumenten, sería posible solo por azar. Tendrían que darse muchas coincidencias intertemporales y otras distributivas entre sectores y agentes económicos -para no mencionar unas expectativas no adaptativas en los individuos y las empresas-, para que se pudiera alcanzar tan loable objetivo. Lo más probable es que tendrá que esperarse, e incluso producirse deliberadamente, algún desbalance entre los estímulos propuestos y las respuestas buscadas. Concretamente, y tal como lo vienen pregonando desde círculos académicos en Europa y los EE UU, habrá que buscar un poco de inflación para estar seguros de no caer en recesión. Esta noción, que podría ser una herejía para la ortodoxia clásica, nos deja frente a una disyuntiva en la que decidir no será tarea fácil. En cualquier caso, habría que ir descartando la posibilidad de que exista una recuperación económica con estabilidad de precios y, quién sabe, habría que ir sopesando si nos acomoda mejor la recesión o la inflación.

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