Al día con la economía

Doha: “El fracaso de uno es el fracaso de todos”

30 Jul 2012 0 comentarios

Esta lacónica frase, pronunciada por uno de los ministros participantes de las reuniones de la Organización Mundial de Comercio (OMC) celebradas en Ginebra entre el 21 y el 29 de julio, describe muy bien el sentido que tiene el fracaso para concluir satisfactoriamente la Ronda de Doha sobre liberalización del comercio mundial. Las recriminaciones y mutuas acusaciones sobre quién tiene más responsabilidad por este resultado están demás. Lo evidente es que no hubo acuerdo entre las 153 naciones miembros de la OMC y que el rompimiento puede afectar tanto a naciones desarrolladas como a las que están en vías de desarrollo.

La noticia sobre el rompimiento de las negociaciones sobre comercio no ha producido ningún impacto inmediato en los mercados financieros mundiales. La razón puede ser muy sencilla: el comercio mundial ha experimentado las tasas de crecimiento más espectaculares de los últimos tiempos sin necesidad de ningún nuevo acuerdo en el marco de la OMC. Las negociaciones de la Ronda de Doha se iniciaron en el 2001 con la esperanza de concluir en el 2005. Desde este último año, en tres oportunidades, una por año, no se ha podido arribar a un acuerdo. No obstante, tanto antes de iniciarse esta ronda de negociaciones como después, el comercio mundial ha crecido a una tasa anual del 6%, mientras que la producción total lo hacía al 2% (ver gráfico). Consecuentemente, nadie prevé que el intercambio de bienes y servicios entre naciones se vaya a frenar porque no hubo un acuerdo en el seno de la OMC. La mayor preocupación para el comercio mundial está en el posible impacto de una recesión global o en el fortalecimiento de las tendencias inflacionarias en el mundo.

Pero este impasse en la Ronda de Doha revela mucho más de lo que aparenta su circunstancia. El punto de quiebre ha sido la falta de acuerdo sobre las condiciones en las que podría gatillarse un mecanismo especial y temporal de salvaguarda para las naciones menos desarrolladas, frente a una caída de precios o un incremento desmesurado de sus importaciones de productos agrícolas. Es decir se trataba de una protección adicional para que los agricultores en países en vías de desarrollo no se vean afectados en caso que las importaciones de los mismos productos que ellos cultivan bajen de precio y/o ingresen en cantidades anormales. La cuestión no era si un mecanismos de ese tipo debía existir o no. Incluso había casi un acuerdo sobre los porcentajes que debían considerase como crecimiento anormal de las importaciones. La médula del problema estaba en definir si la aplicación de este mecanismo de salvaguarda podía justificar un incremento de los aranceles por encima del máximo comprometido por cada país al momento de ingresar a la OMC. Un asunto que puede resultar nada trivial, especialmente para las naciones que como China han ingresado recientemente a la OMC y han comprometido aranceles máximos para las importaciones agrícolas que no les dejan mucho margen para elevarlos en caso de que se produzcan las circunstancias para que este mecanismo de protección adicional a la producción agrícola entre en vigencia. A nivel global, las cifras de comercio afectadas por este mecanismo están en órdenes de magnitud ínfimos. Pero, pensando en productos específicos, las cantidades comprometidas pueden representar perjuicios para una gran número de agricultores pobres o sumas de dinero muy altas para los exportadores de naciones más avanzadas. Esto es así especialmente para potenciales compras de China, Brasil o India.

Quienes conocen los avatares de las rondas multilaterales de negociaciones comerciales creen que la última palabra aún no está dicha y que es posible pensar en la continuación de la Ronda de Doha, así sea para que esta termine en el 2009 o después. De hecho, el Director de la OMC ha pedido que no se pierdan todos los avances conseguidos hasta ahora, que no han sido pocos ni poco significativos. Pero el problema está en el tipo de reacciones que este rompimiento puede producir. El mundo está inmerso en una oleada de acuerdos regionales y bilaterales que pueden complicar muchísimo un posterior acuerdo multilateral. Si esto sucede así habría que desear que no sea el inicio del fin del multilateralismo en materia comercial. Hasta ahora, con todas sus deficiencias y demoras, las rondas multilaterales han establecido un marco de relacionamiento que nos ha acercado a condiciones propicias para el desarrollo de los pueblos. Un nuevo regionalismo o el simple bilateralismo será el peor escenario para el comercio de las naciones más pequeñas y más pobres.

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